Una pobre discusión sobre la pobreza

A propósito del Día de la Erradicación de la Pobreza que conmemora todos los años Naciones Unidas, una breve reflexión sobre la ausencia de la discusión sobre la redistribución del ingreso.
Por Diego Corbalán (director de ADN argentino)
Naciones Unidas conmemora todos los 17 de octubre el Día de la Erradicación de la Pobreza. Así dicho, Erradicación de la Pobreza. Como si la situación de un pobre fuese una enfermedad de esas que hay que eliminar.
¿Acaso la pobreza es una enfermedad? Y si lo es, ¿qué la provoca? ¿Un virus, una bacteria? Y si es un virus o una bacteria, ¿qué tipo de organismo es? ¿Donde está el bicho que provoca la pobreza? ¿Está en los pobres? ¿Se origina por generación espontánea en el cuerpo maloliente y sudoroso de un indigente? ¿Está en el ADN de los que menos o nada tienen?
El biologismo, ese reduccionismo en término de Mario Bunge, siempre está al acecho. Está a mano de cualquier que quiera explicar lo social por lo biológico.
El Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza esconde realidades. Otras realidades más allá de la pobreza. Esconde, por ejemplo y sobre todo, el famoso reparto. La distribución de las riquezas del mundo.
¿Sólo hay pobreza porque hay pobres? ¿Alguien discute cómo hacemos para acercar más recursos a los que más los necesitan?
O bien generamos nuevos medios para entregárselos a pobres e indigentes o, en cambio, quitamos a los que les sobran para dárselos a aquellos. Sin dudas, este constituye un esquema redistribucionista: ¿Alguien en el mundo lo promueve enérgicamente como discusión?
Desde 1993, con la resolución 47/196, Naciones Unidas propone conmemorar el Día de la Erradicación de la Pobreza y así crear más conciencia sobre la necesidad de eliminarla. Siete años después, en el año 2000, la ONU celebró la Cumbre del Milenio. En ese encuentro, los jefes de estado y de gobierno de 189 países se comprometieron, para 2015, a reducir a la mitad la cantidad de personas indigentes cuyos ingresos sean inferiores a $1 dólar por día. Según datos del Banco Mundial del año pasado, de 1981 a 2005 el porcentaje de personas viviendo en la pobreza extrema bajó del 52 al 26% de la población mundial. Es decir, en casi un cuarto de siglo, el número de personas viviendo en la pobreza extrema bajó del 1.900 a 1.400 millones.
Los pronósticos para 2015, muestran que será pobre extremo el 14,4% de la población mundial. O sea, 883 millones de personas. Nada mal, ¿no?
Como conclusión, el Banco Mundial considera que: «Dos tercios de los países en desarrollo están bien encaminados o próximos a lograr metas importantes para erradicar la extrema pobreza y aliviar el hambre.»
¿Las razones? Una reubicación de los recursos del mundo, sin quitarle a los que más tienen pero sí generando más ingresos en donde no los había
Como conclusión prematura, podríamos decir que, si hay menos pobreza extrema en el mundo, es a causa de un crecimiento económico que, así dicho entrecomillado «se derramó a hacia los países más postergados». No está mal haber logrado semejante progreso. Sin embargo, el mundo debe plantearse el desafío de lograr una reducción del número de pobres mediante un desarrollo estructural de los países. Es decir, un desarrollo que escape a oportunidades puntuales de crecimiento económico que tienen los países. Es lo que vemos en aquellos países recostados en el formidable negocio de las materias primas.
Si para 2015 se cumplen las metas del Milenio y los pobres son menos de 900 millones en todo el mundo se habrá dado un gran paso. Pero no debemos dejar de lado en ningún momento el estado de situación de la redistribución del ingreso. Nuestra Latinoamérica es un gran termómetro al respecto. Y la Argentina es parigmática en ese sentido. Si los niveles de pobreza bajaron drásticamente desde 2003 hasta nuestros días no podemos decir lo mismo de la desigualdad. Aunque mejorando, el desigual reparto sigue bajando por las escaleras mientras la pobreza ya bajó por el ascensor.
Lo que debemos resaltar como paradoja, es que como señalamos recién, desde lo más alto de las Naciones Unidas se pone el foco en la pobreza. Y el problema no es ella directamente, sino la distancia entre lo que gana un pobre y lo que percibe un rico.
Nuestra cultura ha ido demonizando a la pobreza. Y la verdad es que ella no es ni buena ni mala. Será un problema grave siempre que se contraponga dramáticamente a la abundancia. Nuestra sociedad de consumo impuso la meta de la riqueza. Y en esa carrera por escaparle a la escasez, fueron quedando en el camino millones y millones de personas.
No estigmaticemos a la pobreza. Y menos aún al pobre. En su pobreza puede estar la riqueza de quien no necesita. Y en quien es rico, de seguro, estará la pobreza de querer lo que no necesita.
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